Los Celtas - Cultura - Religión

Los Celtas eran un grupo de pueblos que dominaba la mayor parte del oeste y centro de Europa durante el I milenio a.C. y que transmitió su idioma, costumbre y religión a los otros pueblos de la zona. Los antiguos griegos y romanos reconocieron la unidad cultural de un pueblo cuyo territorio se extendía desde el este de Europa hasta el norte del continente.

Su nombre genérico aparece en documentos romanos como celtae (derivado de keltoi, la denominación que Heródoto y otros escritores griegos dieron a este pueblo), galatae o galli. Los celtas hablaban una lengua indoeuropea de la misma familia que las de sus vecinos itálicos, helénicos y germanos.

Los topónimos celtas, junto con los nombres de las tribus, las personas y dioses, nos permiten pensar en su presencia en un extenso territorio europeo, desde la actual España hasta el mar del Norte y desde las islas Británicas hasta el bajo Danubio. Forman parte de una rama de indoeuropeos primitivos. Estos últimos constituían un tronco étnico ya poderoso hacia el tercer milenio a. C. en la región constituida actualmente por Irán, Afganistán y el norte de la India. Poseían una religión solar y un culto al fuego; se llamaban a sí mismos Aryas, hijos de Ar o Ram, el carnero solar, aquel que atraviesa las tinieblas y abre las murallas. Estos hijos del Sol se esforzaban por llevar a la práctica las cualidades del carnero solar: el sentido del sacrificio y el del debate contra las tinieblas.

Los indoeuropeos se expandieron en varias oleadas sucesivas; pueblos enteros partieron hacia poniente. Unos llegaron a España, lugar que los griegos identificaron con el Jardín de las Hespérides, fuente inagotable de conocimiento y de riqueza. Otros, los dorios, partieron hacia Grecia; otros, hacia los países nórdicos; otros, incluso, como los celtas y los germanos, continuaron su ruta hacia Occidente. Durante el primer milenio a. C., la migración había, prácticamente, finalizado. Estos pueblos se mezclaron con los autóctonos, alimentándose de sus tradiciones e inculcándoles, a cambio, su propia espiritualidad. Los celtas eran, a la vez, pueblos guerreros y labradores. De este modo, conquistaron Europa.

Dos grandes universos van a dibujarse en esta Europa: el universo mediterráneo, amante del calor y del mundo sensible, y el universo del norte y del centro de Europa, envuelto en niebla, dotado de una gran imaginación, que se refleja en su arte geométrico, donde los ritmos y sonidos van a expresarse a través de ondas y espirales. El mundo del color (el sur), y el de sonido (el norte), se encuentran en el mundo celta, donde la geografía sagrada prohíbe la representación antropomórfica de la Divinidad. Solo se le podrá atribuir una máscara simbólica (solo se le podrá revestir de símbolos o de elementos simbólicos).
El dios Ogam u Ogmios, protector del conocimiento y de la elocuencia, proporcionará una escritura sagrada, llamada “ogámica”. Ogam está ligado a los magos. Gamma es la tercera letra del alfabeto griego (nombre de la antigua lengua indoeuropea), que, invertida, se convierte en Mag, palabra empleada por los iranios para designar a sus propios sabios. Esta palabra recuerda a aquellos que poseen el conocimiento del Fuego, y está relacionada con el poder del sonido. Cada uno de los signos de esta escritura estaba relacionado con la forma de una hoja de árbol, y esta hoja era una representación simbólica. El descubrimiento de estos conocimientos nos confirma la existencia de una civilización atada a la misma tradición, y que iba más allá de las fronteras geográficas o de la idea de nación. Fijada en clanes y federada en tribus, la sociedad celta participaba, al mismo tiempo, de una estructura fija y dinámica, que le permitía ser, a la vez, agrícola y guerrera.

En el entorno de los celtas todo era prodigioso y devenía de algún tipo de fuerza divina: desde sus propios e inciertos orígenes, hasta los bosques o los animales con los que convivían; desde los combates guerreros o las expediciones al fin del mundo, hasta su calendario de fiestas. Los dioses se manifestaban en todo momento y, si no eran ellos, eran entidades de otros planos como hadas, elfos, etc. La vida no podía considerarse otra cosa que una mera transición más o menos entretenida hasta el momento de la muerte, que se aceptaba sin complejos ni culpas, ya que no constituía más que un paso previo a la existencia en el «otro mundo». En algunos textos se sugiere la creencia generalizada en la reencarnación. Para los celtas la vida significaba movimiento y dinamismo y por ello no había alternativa posible: cabalgaban el incesante oleaje de la existencia, de ahí su desapego de lo material y su comprensión de cuanto de pasajero tiene la vida, expresado, por ejemplo, en la ausencia de grandes asentamientos.

Su número mágico por excelencia es el 3, repetido hasta la saciedad en sus mitos y representado gráficamente con un triskel, símbolo solar de tres brazos; esta cruz celta resume los tres mundos.

El triskel es el símbolo del hombre que se ha trascendido a sí mismo hasta liberarse, para integrarse en Dios. No se trata de acumular poder y ejercerlo como un tirano, sino de someterse a la Naturaleza y ayudarla a construir. Así, entre el bien y el mal está la indecisión, momento supremo en el que el hombre puede escoger su destino. Entre el día y la noche existe la «hora indeterminada», el alba o el crepúsculo, cuando es más fácil entrar en contacto con los seres invisibles. Entre los celtas galos distinguimos la triada Tutatis, Esus y Taranis; la de Galahad, Perceval y Boors, únicos caballeros que encontraron el grial. Muchos Dioses guerreros y muchos héroes celtas han de repetir tres veces la misma acción concreta antes de poder cosechar las ventajas que esperan de ella; han de enfrentarse con tres tipos de animales o seres malignos, etc.

Los celtas conocían las leyes de la Naturaleza y sus ritmos, y que concebían al ser humano como un ente espiritual, del que el cuerpo no era más que el aspecto físico. En el aspecto artístico, sus bardos inspiraron a lo largo de la Edad Media la saga artúrica y la del grial, adaptando sus canciones a los nuevos tiempos. En el aspecto científico los druidas tenían grandes conocimientos de las leyes naturales, que trataban de utilizar sólo para el bien de los hombres, de ahí su firme empeño en mantener el secreto, pero su sabiduría se perdió con ellos. Tenían cierta homogeneidad como cultura, pero si cayeron ante Roma fue porque no fueron capaces de unirse en el momento decisivo.

Los restos celtas más primitivos se atribuyen a la cultura Hallstatt (Austria), sobre el 800 a 450 a. C., aunque ya bastantes siglos antes comenzaron sus migraciones por toda la Europa noroccidental, desde algún punto del suroeste de Alemania. Se distinguen claramente de los pueblos del Mediterráneo y de los del este del Rhin, por sus costumbres, religión y organización social. Se les encuentra mucha similitud con las tribus indoeuropeas que anteriormente ocuparon el valle del indo, en Asia; tanto lingüística, como de tipo organizativa y religiosa. Tenía especial importancia la estrecha relación entre maestro y discípulo, característica en la religión hindú.

Los celtas llegaron a abarcar un amplio territorio en el occidente y centro de Europa, poblando Gran Bretaña, Irlanda, Francia, Bélgica, Europa central y norte de España. Sin embargo, los monumentos megalíticos (menhires, dólmenes, cromlechs), a los que ellos dedicaron culto y veneración, ya se encontraban allí antes de su llegada. Testigos impasibles de una raza perdida, de gigantes desaparecidos en el tiempo y la leyenda, estas piedras de enorme tamaño y sorprendente equilibrio, fueron recuperadas por los sacerdotes celtas, los druidas, dignos herederos de su poder, lo develaron y lo accionaron acertadamente, en un mundo mágico donde el misterio se encontraba siempre presente.

Sociedad Celta: La sociedad celta tenía una base rural centrada en la agricultura y el pastoreo. Cuando la acumulación de riquezas o la competencia por los recursos era fuerte, las fortificaciones en colinas eran ocupadas de forma permanente. Éstas comprendían una zona cerrada en lo alto de la colina, defendidas por fosos y murallas. El interior estaba ocupado por chozas y había zonas destinadas al trabajo de los artesanos. El grano se almacenaba en pozos cubiertos con arcilla. Cada fortificación podía dominar la zona que la rodeaba. Buen ejemplo de estas ciudades fortificadas, a las cuales Julio César llamó oppida lo encontramos en Manching, en el sur de Alemania: las calles estaban trazadas hacia el exterior y los edificios situados en filas y con zonas específicas reservadas para cada actividad. En la península Ibérica estas fortificaciones se conocen como castros y hay buenos ejemplos en Galicia (España) y en el norte de Portugal.

La unidad social celta era la tribu. En ella, la sociedad estaba estratificada en nobleza o familias dirigentes de cada tribu, agricultores libres que también eran guerreros, artesanos, trabajadores manuales y otras personas no libres, y los esclavos. También existía una clase instruida que incluía a los druidas. En los primeros tiempos, las tribus eran dirigidas por los reyes, lo cual parece que persistió en Gran Bretaña hasta la conquista de Roma. En las partes de la Europa celta más abierta a las influencias del mundo clásico, los magistrados electos sustituirían a los reyes.

Los escritores romanos como Julio César, y griegos como Estrabón y Diodoro describen el estilo de vida de los celtas. A pesar de su brutalidad o sus tendencias románticas, estos relatos sugieren que a los celtas les gustaban las celebraciones y la bebida, contar historias y presumir de hazañas atrevidas. César, por ejemplo, afirma que los hombres de la clase guerrera estaban muy orgullosos de la lucha, que eran expertos aurigas y que para parecer más terroríficos en la batalla, se pintaban el cuerpo con woad, un tinte vegetal azul. Los celtas también sobresalían en la metalurgia y prodigaban sus habilidades artísticas en objetos tales como las armaduras y los arneses para sus caballos (vease en Historia del Arte Celta). El comercio era importante; los bienes lujosos y el vino eran importados a cambio de perros, caballos, pieles, sal y esclavos.

Lenguas Celtas: Sin duda el principal rasgo definitorio de las etnicidades celtas es la lengua. Ya que el resto de aspectos históricos y culturales fueron más cambiantes, en tanto que la lengua es más estable frente al devenir histórico, a pesar que debido al cambio lingüístico las lenguas celtas fueron diversificándose en un proceso análogo al que llevó del latín a las lenguas románicas. Las lenguas celtas derivan de un conjunto de dialectos del proto-indoeuropeo, idioma que cronológicamente ocupa una posición intermedia dentro de la familia indoeuropea. A partir de los rasgos comunes a las lenguas celtas mediante los métodos de la lingüística histórica se ha reconstruido del proto-celta que es una aproximación a la lengua madre que dio lugar por diversificación a las lenguas celtas históricamente conocidas.

Subfamilia perteneciente a la familia de lenguas indoeuropeas. Los celtas fueron los primeros pueblos que se instalaron en la Europa centro-meridional en torno al siglo V a.C. Desde el punto de vista geográfico e histórico esta subfamilia se divide en dos ramas, la continental, hoy desaparecida, y la insular. Ésta a su vez se clasifica en otros dos grupos: el britónico, que comprende el bretón, el córnico y el galés; el otro grupo llamado goélico o gaélico comprende el irlandés, el gaélico-escocés o "erse" y el manés, dialecto de la isla de Man. Hasta el siglo V las lenguas continentales celtas, entre las que se encontraba el galo, se hablaron a lo largo y a lo ancho de la Europa occidental, pero cedieron ante la influencia de los otros idiomas vecinos de gran vigencia, el inglés y el francés, en los que se puede rastrear alguna información. Únicamente han resistido los grupos britónico y gaélico, que perviven en las Islas Británicas, en la región de la Bretaña y en algunas comunidades norteamericanas del norte y del sur que tratan de conservar su idioma originario.

Lo característico de las lenguas celtas es la pérdida del fonema indoeuropeo /p/, lo que las distingue de las demás subfamilias indoeuropeas. Por tanto, una palabra latina, griega y sánscrita que contenga una p en posición inicial o media aparecerá sin ella en la subfamilia celta; por ejemplo la palabra latina porcus (que significa 'puerco', 'cerdo'), tiene su equivalente gaélico en orc. Un rasgo que distingue el gaélico del britónico consiste en que el primero conserva el elemento labiovelar del indoeuropeo /qu/, que más tarde se escribió como /c/, sin embargo el britónico lo convirtió en /p/. Así el irlandés cuig o coo-ig, (que significa 'cinco'), corresponde al galés pump.

Las reglas de pronunciación de las lenguas celtas son enormemente complejas; por lo general la escritura no se corresponde con la pronunciación y las consonantes iniciales varían según el fonema último de la palabra anterior. Por ejemplo, en irlandés 'sangre' es fuil, en tanto que 'nuestra sangre' es ar bhfuil; en galés 'padre' es tad, pero para decir 'mi padre' se convierte en fy nhad, y combinado con los posesivos de tercera persona, 'su padre (de él) y su padre (de ella)' se convierte en ei thad y y dad respectivamente.

Todas las lenguas celtas emplean el alfabeto romano. Poseen dos géneros, masculino y femenino, y por lo general el adjetivo va detrás del nombre. Como las demás indoeuropeas crean nombres derivados de los verbos en lugar de hacerlo de los participios de presente tal y como hace el inglés; las oraciones siempre tienen verbo y expresan la acción por medio de la pasiva impersonal.

Bretón: En la actualidad se habla en la Bretaña francesa bajo la forma de varios dialectos; casi todos sus hablantes son además francófonos. Apareció entre los siglos IV y VI cuando los galeses y los córnicos emigraron a otras tierras para escapar de las invasiones de otros pueblos. Se distingue del galés y del córnico o la lengua de Cornualles en que posee nasalizaciones y sus préstamos son del francés. El periodo de mayor esplendor corresponde a la mitad del siglo XVII cuando se escribieron varias gramáticas y surgió un gran conjunto de obras de teatro, leyendas y baladas. Durante la década de 1950 se ha estudiado mucho. Diez años antes se estimaba en cerca de un millón el número de hablantes de esta lengua, aunque ahora se cree que sólo existen la mitad.

Cornualles: Desapareció en el siglo XVIII aunque existen esfuerzos recientes por reactivar su uso. Los únicos restos que existen son algunos nombres propios y unas cuantas palabras en el dialecto inglés que se habla en la región de Cornualles.

Galés: También llamado cámbrico y címbrico por sus propios hablantes, es la lengua de la región de Gales y una de las más conocidas dentro de la subfamilia celta. Además de hablarse en Gales, donde la mayoría de sus hablantes son también anglófonos, se emplea en algunas comunidades de los Estados Unidos y en Argentina, en la que en plena Patagonia se asentaron apenas 150 galeses en el año 1865. Algunas organizaciones como la Society for the Welsh Language han preservado este idioma para evitar su desaparición y mantienen toda una actividad para conseguir que tenga una consideración como lengua oficial junto al inglés. En la actualidad se usa en muchas escuelas de Gales y se emplea en la prensa y en algunas emisoras de radio. Lo mismo que el bretón, esta lengua ha perdido las desinencias de caso, no así las de conjugación verbal, que son muy ricas. Como en todas las demás lenguas celtas la inflexión o la alternancia de las consonantes juegan un papel muy importante. Posee una escritura fonémica, con lo que desaparece la ambigüedad fonética; en muchas ocasiones un hablante galés sabrá, a partir de su escritura, cómo se pronuncia una palabra que no haya visto antes. La letra w puede representar tanto una vocal como una consonante, y sin embargo la letra y siempre representa dos fonemas vocálicos. La consonante f representa un fonema labiodental fricativo sonoro como la v del catalán; su equivalente sordo, el fonema /f/, se representa por el dígrafo ff; el fonema interdental fricativo sordo /q/ se representa por dd y el sonido /th/ por la misma grafía. Ha fracasado el intento de pronunciar la grafía ll, que representa un fonema lateral fricativo sordo. El galés tiende a la acentuación grave de las palabras polisílabas y posee una entonación característica.

Quienes estudian la historia de este idioma reconocen tres periodos: el antiguo (800-1100), el medio (1100-1500) y el moderno (a partir del 1500). El antiguo se rastrea en algunas palabras aisladas, unos cuantos nombres y un pequeño número de versos. A través de todos los periodos, el galés ha aceptado préstamos del latín, el anglosajón, el francés normando y muy especialmente del inglés, aunque existe un léxico amplio de origen celta. Se ha conseguido identificar cuarenta dialectos. El galés normativo posee dos variedades: la del norte y la del sur.

Irlandés: El irlandés, también llamado gaélico-irlandés, es el idioma más antiguo del grupo gaélico que forma parte de las lenguas celtas. Los testimonios escritos más antiguos que existen son las inscripciones Ogham, que son unos 370 monolitos con inscripciones y que se encuentran esparcidos en el suroeste de Irlanda y en Gales. Datan de los siglos V al VIII y las inscripciones contienen casi exclusivamente nombres propios. Puede estudiarse su historia en cuatro periodos: el antiguo (800-1000), el medio-antiguo (1000-1200), el medio (1200-1500) y el moderno (a partir del 1500). Era una lengua muy rica en flexión nominal y verbal, y de ello quedan tres casos en la declinación nominal, el nominativo y el genitivo así como el dativo, sólo para los nombres femeninos; únicamente en indicativo el verbo posee dos tiempos. En la República de Irlanda donde es lengua co-oficial se habla en la zona occidental y suroccidental, y en mayor grado en Irlanda del Norte, aunque Irlanda no fue gaélico-hablante hasta el siglo XVII. El número de personas que hablaban esta lengua en Irlanda pasó del 50% al 20% en el siglo XIX. Desde 1922 se empezó a enseñar en la escuela, y se desarrolló y normalizó una gramática.

Gaélico-Escocés: En torno al siglo V los irlandeses invadieron Escocia y llevaron una variedad del gaélico que sustituyó a la antigua lengua britónica. Durante el siglo XV gracias al incremento de los préstamos procedentes del escandinavo y del inglés, el escocés se constituye en lengua diferente del irlandés y se gana su condición de idioma diferente de éste.Los alfabetos irlandés y escocés son el mismo y consta de 18 letras. El escocés posee cuatro casos: nominativo, genitivo, dativo y vocativo. Lleva el acento en la sílaba inicial, lo mismo que el irlandés.Posee dos dialectos, el septentrional y el meridional, perfectamente delimitados geográficamente por la línea que puede trazarse por encima de Firth of Lorne hasta la población llamada Ballaculish y continúa por la cadena de montañas Grampian. El dialecto meridional está más próximo al irlandés que el septentrional y también es más flexivo. La principal diferencia que existe entre ellas es el cambio del fonema /é/ que se convierte en eu en el dialecto del norte o septentrional, en tanto que se convierte en ia en el meridional o del sur. Así por ejemplo 'hierba' se pronuncia /feur/ en el norte y /fiar/ en el sur. Existen también unos miles de hablantes del escocés en Nueva Escocia.

Manés: Se trata de un dialecto del gaélico-escocés que se habla en la isla de Man con fuerte influencia escandinava. En él están escritas las disposiciones legales de la isla, que hasta el siglo XVIII no contaba con otra forma de expresión lingüística. Comenzó a perderse en el siglo XIX y en el XX prácticamente ha desaparecido. Los primeros documentos escritos proceden del siglo XVII y apenas si existe producción literaria en manés, excepción hecha de algunas baladas y cantares.

Culto a la Naturaleza: Los celtas adoraban a los elementos de la naturaleza y al Gran Espíritu (Dis Pater), del que todos afirmaban descender. Dedicaron especial culto a las aguas (ríos, fuentes, manantiales...), y no es extraño encontrar pozos sagrados que todavía hoy persisten desde aquellos tiempos. Otra veneración esencial la constituían los árboles y los bosques, fecundados por el agua primordial. Los ocho árboles nobles y de mayor poder mágico eran: abedul, aliso, sauce, roble, serbal, avellano, manzano y fresno; siendo el roble el más sagrado, y según Plinio el Viejo:

«Los druidas tienen los santuarios en los robledales, y no efectúan ningún rito sagrado sin hojas de roble. Creen que la presencia del muérdago revela la del Dios sobre el árbol que lo tiene».

Todos los celtas tenían conciencia de un mundo sobrenatural o etérico entrelazado e intercomunicado con el físico, y poblado de seres (elementales de diversa clase). Estos podían manifestarse tanto en el plano material como en los sueños, y a veces se mezclaban en las acciones de los hombres. Resulta fácil comprender que la íntima convivencia con la naturaleza y el poco desarrollo intelectual permitían a aquellos pueblos mantener su clarividencia en un estado más activo que los de la actual civilización. En Irlanda, ésta región paralela a la física se conoce como el Sidh, y también sus habitantes son conocidos como los Sidh, los cuales eran difíciles de ver debido a las impurezas del mundo. Estos personajes serán conocidos más tarde, tras la llegada del cristianismo, como hadas y duendes que llegaron a nuestros oídos en forma de cuentos, donde todavía podemos sentir en ellos cierta conexión con la antigua religión. Los celtas del continente adoraban diversos animales; el caballo, el cuervo, el toro y el jabalí eran los más frecuentes, siendo el toro al parecer el de culto más difundido. Ellos se identificaban con el espíritu ancestral que regía la tribu. La naturaleza sagrada de los animales se refleja en historias de transformaciones y cacerías mágicas en Gales.

Dioses y Leyendas: Al enigmático Dis Pater, del cual descendían todos los celtas, quizás se le podía comparar o asimilar con otro dios extraño; se le representa con cabeza de ciervo y lleva el nombre de Cernunno (el dios astado). Suele aparecer con tres cabezas o junto con otras dos divinidades, en alusión posiblemente a las tres fuerzas primarias de la creación.

La Diosa madre o madre tierra también es representada generalmente en forma triple, lo que nos recuerda a los diferentes aspectos o manifestaciones de la Divina Madre Kundalini. La Diosa es generosa, pero también despiadada. Ella preside el nacimiento, la vida y la muerte. Estas combinaciones se conocían en lrlanda como Morrigán, Macha y Badh; correspondiéndole a Perséfone, Deméter y Hécate en Grecia.

Hércules o Heracles el Cristo griego, aparece también bajo diversas formas en la tradición celta. El irlandés Dagdá, el buen Dios, con su maza que puede dar o quitar la vida, su atuendo hecho con la piel de un animal salvaje, se asemeja mucho con él; al igual que la figura del gigante Cerne Abbas, en Inglaterra. Otro Dios interesante fue Lugh, Dios del Sol, alrededor del cual gira la idea de que los seres humanos son los guardianes del planeta, y que la Tierra pertenece a toda la tribu, y por poderes a la Divinidad.

Existe una historia sobre Lugh, en la que un guerrero valeroso muere tres días, quien en estado de bardo (estado superior de la conciencia) puede ascender por los tres mundos místicos celtas: de su cuerpo terrestre al espiritual, y finalmente a la radiante luz del Alma, en la que el mismo dios Sol se le manifiesta. Otras representaciones usuales son las de Jano, maestro de los estados jinas, y característico también en otras culturas. Era Dios de la guerra, además de simbolizar el poder protector de la tierra. A veces se encuentra esculpido como una cabeza con dos caras que miran en dirección opuesta, relacionadas con el héroe humano la una y con el arquetipo divino la otra.

Tras la invasión romana de la Galia se asimilan dioses romanos o helénicos, y se constituye un panteón antropomórfico galo-romano.

De más allá de las tierras celtas y del mar, al occidente, recordándonos la muerte, nos llegan leyendas del paraíso celta, denominado Mag Meld (llano de la alegría) o Tir Nan Og (tierra de la juventud). En él sus habitantes no envejecen y viven en felicidad; las flores eternas cubren sus praderas y sus ríos son de miel. Esta tierra, que tiene mucha similitud con el país de los hiperbóreos, era lugar de reposo para héroes y dioses difuntos, para los que consiguieron morir en sí mismos y tener acceso a los reinos superiores de la naturaleza, o nirvánicos. Hay muchas alusiones sobre las misteriosas islas de los Bienaventurados y las magníficas tierras que se hundieron bajo el mar; así como referencias al diluvio universal, comunes entre gran cantidad de culturas antiguas. Los viajes fantásticos por mar son frecuentes. De uno de ellos recogemos el fragmento de una canción sugerente esotéricamente:

«... No caigas en su lecho de pereza, no dejes que la embriaguez te venza, Emprende un viaje por mar».

Religión: La religión de los antiguos celtas, particularmente la de los galos antes de la conquista romana, no es bien conocida, y los datos de que se disponen para reconstruirla son escasos y no muy precisos. El culto estaba a cargo de los "druidas", sacerdotes que a la vez eran los educadores de la juventud. Los monumentos llamados "Piedras Druídicas", anteriores a la llegada de los celtas al oeste de Europa, parecen no haber representado ningún papel en la religión de los antiguos galos.

Durante mucho tiempo sólo existieron cultos locales especialmente relacionados con las montañas, los bosques y las aguas, a quienes se invocaba bajo diferentes nombres. Hallamos el dios Vosgos, la diosa Ardenas, el dios Dumias; las divinidades de las fuentes o de los ríos: Sequana (la fuente del Sena), Nemausis (la fuente de Nimes). Más tarde se estableció el culto de las grandes divinidades, más o menos común a toda la Galia, y que en la época galorromana se fueron identificando con las divinidades de Roma: Teutates, especie de Mercurio con algo de Júpiter y de Marte; Taranis, relacionado con el rayo, pero carente del poder supremo de Júpiter; Esus, dios de la guerra y del ganado, asimilado de Marte o de Silvano; Belenus, dios de las artes, relacionado con el sol y comparado con Apolo; Cernumnos, dios del sueño y de la muerte, como Plutón.

Junto a ellos figuraban diosas, como: Rosmerla, asociada a Teutates; Belisma, diosa de las artes del fuego, asimilada de Minerva; Epona, diosa de la abundancia agrícola, asimilada a Ceres. Los galos tuvieron también divinidades abstractas o genios de las ciudades. Entre las prácticas de la superstición popular es famosa la recolección, de acuerdo con prescripciones fijas, del muérdago, al que se consideraba dotado de virtudes extraordinarias.